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Copa Sudamericana: Nivelar hacia abajo

Foto: Wikipedia
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Apenas uno de los cuatro equipos chilenos participantes en la actual versión de la Copa Sudamericana consiguió saltar la valla de la primera fase: el Huachipato de Mario Salas. El resto, a la vera del camino: Cobresal, Deportes Iquique y Universidad Católica.

En los últimos dos casos, las resonancias de la eliminación no fueron meramente futbolísticas, pues gatillaron la salida de Héctor Pinto, el ahora ex técnico iquiqueño, y dejaron colgando de la cornisa a Julio César Falcioni, estratego cruzado, quien ya había perdido piso y credibilidad en el Torneo de Apertura.

Nuestros representantes jugaron ocho partidos en esta ronda inicial, ganando apenas tres, lo cual significa un porcentaje tan pobre, como preocupante.

Considero francamente inoficioso  -además de extenso- hacer un análisis casuístico de esta decepción colectiva. Pensemos, más bien, en el porqué de una situación que deja mal parado al balompié chileno en su conjunto.

Desde 2002 (con la única excepción en 2010), los dirigentes criollos tomaron la decisión de dividir el año cronológico en dos campeonatos: Apertura y Clausura. La idea, de acuerdo a nuestros regentes, era dar la posibilidad de atrapar una estrella a equipos con menor historia, convocatoria y recursos, producto de mantener una campaña aceptable durante pocos meses. Esto, según una lógica bien cuestionable: planteles más pequeños pueden funcionar en el corto plazo, porque para competencias anuales, de largo aliento, se requiere de una inversión mayor en jugadores.

O sea, se hizo un traje a la medida de los “chicos”.

El resultado de esta fórmula, como era predecible, no cambió el panorama del fútbol chileno en lo que a títulos se refiere, excepto por la irrupción de Everton (Apertura 2008) y de Huachipato (Clausura 2012). Todas las otras coronas quedaron en manos de los ganadores de siempre: Colo Colo, Universidad de Chile, Universidad Católica, Cobreloa y Unión Española.

Esta misma premisa (traje a la medida de los “chicos”) se utilizó como criterio para determinar que un mismo equipo no puede representar a nuestro fútbol, de manera consecutiva, en los torneos continentales más importantes: Copa Libertadores y Copa Sudamericana. “Sería injusto”, proclamaron en su momento estos teóricos de la nivelación descendente; “todos merecen una oportunidad”, agregaron los mismos personeros, quienes olvidaron olímpicamente que para sostener un desarrollo permanente hay que nivelar en sentido opuesto, dándole oportunidad de crecimiento a todas las instituciones, particularmente a aquellas que representan importantes ciudades de nuestro país (¿cómo es que Antofagasta, Concepción y Temuco, por citar apenas tres ejemplos, carezcan de equipos estelares?), y no a través de cuestionables medidas administrativas que sólo perpetúan la mediocridad.

Por eso, esta versión de la Copa Sudamericana mostró que dos de los equipos chilenos (Cobresal e Iquique) aún no ganan un solo partido en el torneo local. Increíble.

Esperamos que Huachipato siga avanzando, pero también estamos expectantes de que haya un cambio en las bases de las competencias chilenas, y que la clasificación a las copas internacionales obedezca a méritos deportivos /institucionales y no a exóticos reglamentos, que tienden a mantenernos en el subdesarrollo.

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