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La finalísima, con dos viejos conocidos: Argentina versus Alemania

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Debemos hacernos cargo de lo que decimos (o escribimos). Hace algunas semanas, una vez terminada la fase de grupos del Mundial Brasil 2014, señalé en este mismo espacio:

–          Que “hay un candidato fuerte para ceñirse la corona: Alemania”.

–          Que de las cuatro selecciones que cerraron su serie con 9 puntos, “será muy difícil que surja el nuevo campeón del mundo, aunque tal vez Holanda pueda alcanzar esa condición”.

–          Sobre Argentina: “No muestra un consistente juego de conjunto, depende mucho de Lio Messi y, después de que Lavezzi le arrojara agua al técnico Alejando Sabella, nos dimos cuenta de que la disciplina brilla por ausencia en ese camarín”.

Resumiendo, les otorgaba favoritismo a los germanos, le restaba posibilidades a los trasandinos y dejaba con puntos suspensivos a los “tulipanes”. Los hechos nos indicaron que Alemania y Argentina disputarán la finalísima, tras recorrer caminos bien distintos antes del partido del próximo domingo, en el Maracaná.

Desde muy temprano, el equipo de Joachim Löw mostró sus cartas credenciales como potencial campeón, con ese 4-0 sobre Portugal. Se adjudicó su grupo sin inconvenientes (si bien Ghana le robó una paridad), para luego liquidar a argelinos, franceses y brasileños en las fases sucesivas.

Lo más importante de este equipo es que trasunta solidez y eficiencia (defensiva y ofensiva). Sobre la base de un fútbol simple, directo, con aprovechamiento de los costados (sobre todo, el derecho) y capacidad de finiquito, los alemanes tienen una estructura de juego que podemos condensar en una zaga muy fuerte (desde el portero Manuel Neuer, pasando por el mejor central del torneo, Mats Hummels); una salida que pasa casi siempre por los pies de Schweinsteiger; una elaboración en la cual se involucran activamente Sami Khedira, Tony Kroos y Mesut Özil, más las incursiones de Philipp Lahm por la franja derecha, y la concreción de Thomas Müller, Miroslav Klose (actual goleador histórico de estos certámenes) y André Schürrle.

Su punto más alto lo exhibió con la humillación que le propinó a Brasil, un resultado (7-1)  que bien pudo alcanzar la decena de goles.

Alemania es una mezcla potente (en lo físico y en lo futbolístico) de funcionamiento colectivo e individualidades desequilibrantes. Por lo tanto, es mi favorita para quedarse con la corona.

Sin embargo, la selección que dirige Alejandro Sabella mostró una faceta de madurez y de lucidez táctica frente a Holanda, en semifinales, que sorprendió a todos. Esto proviene, sin lugar a dudas, de la formación “bilardista” del ex estratego de Estudiantes de la Plata.

Aunque la albiceleste cerró el grupo F con un registro perfecto (9 sobre 9), siempre dejó una estela de interrogantes sobre su potencial colectivo, más allá de la calidad de Lio Messi. En octavos y en cuartos, tuvo problemas para eliminar a Suiza y a Bélgica, respectivamente, pero sí mostró jerarquía ante la Naranja Mecánica.

Es cierto que el pragmatismo exacerbado de Louis Van Gaal facilitó las cosas (Holanda no entró a jugar, sino a no dejar jugar), aun así había que aprovechar ese escenario y Argentina lo hizo con propiedad, generando buenas respuestas defensivas (muy bien el central Exequiel Garay y Javier Mascherano, como “tapón”), buena circulación de pelota, inteligencia táctica (notable Enzo Pérez, reemplazante de Ángel Di María) y mayor calidad en la serie de penales (el portero Sergio Germán Romero fue el héroe, pero no olvidemos que no falló ninguno de los ejecutantes).

Así, y siguiendo una ruta parecida a la de Italia ’90 (donde despachó a la ex Yugoslavia y al local en la definición desde los doce pasos), Argentina se instaló en la final, para enfrentar al mismo rival de aquella ocasión: Alemania (ojo, tercera vez que estos rivales chocarán en una instancia similar. La primera fue en México ’86).

Respecto del duelo por el tercer lugar entre Brasil y Holanda, utilizaré, una vez más, ese verso de Gonzalo Rojas, que tanto me gusta: “Pero no hablemos de los náufragos…”

 

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