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Si la vida te da palos

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Todo sobre:BrasilChileFútbol

El bar se llama Alquimia y es el lugar de reunión no oficial de los chilenos que viven en Nueva York. El lugar oficial se llama San Antonio Bakery 2, queda en Queens y es oficial porque salió en el mapa que hizo el New York Times con los lugares a los que va cada colonia para ver los partidos, porque en Nueva York hay un barrio, un restaurant o un bar por cada país. Es raro que Chile sea una panadería, quizás en el New York Times no saben que nos gustan más las piscolas que los berlines.

El Alquimia queda en Manhattan, a pocas cuadras del terminal de buses, y es un bar de esos que por fuera se ven chicos, pero detrás de unas cortinas rojas se esconden dos salones que perfectamente podrían albergar una fiesta mediana, y así estaba el ambiente cuando el reloj de la tele mostraba que recién era el minuto 2 en el duelo contra Brasil y se repetían las camisetas rojas acá, en el Alquimia, y ahí, en la transmisión. Los compatriotas eran de todas las edades, colores, historias: estudiantes, trabajadores, inmigrantes que llevan años acá, turistas. El primer gol fue un bajón, pero el empate reavivó la conversa al medio tiempo: “mi hijo jugaba fútbol en Queens y nadie entendía qué era” decía una mujer con pinta de llevar sus buenos 20 años acá. “Este partido lo podemos ganar” opinaba un compadre con pinta de rugbysta.

El partido ha sido el más largo que se ha visto en el Alquimia. Corrían las cervezas para matar los nervios y por ahí alguien decía que habia pisco sour “¡y hasta piscola, hueon!”, y claro, había, pero a las 12 del día nadie iba a pedir una. Si ganábamos era otra historia. Nunca escuché tantas chuchadas al cielo como cuando el palo salvó a Brasil. Nadie se conocía pero estábamos todos comentando que los penales era solo suerte y que estos cabros se lo merecían, que corrieron en fast forward todo el partido. ¿Cómo no vamos a ganar? Yo ya contaba los dólares sueltos para pedir dos piscolas. Después me esperaba un cumpleaños en el Prospect Park de Brooklyn con varios amigos chilenos. La noche anterior todos teníamos fe.

Cuatro minutos después del último penal todos mirábamos la pantalla como si se hubiera muerto Michael Jackson de nuevo. “¿De verdad se acabó?”. Las chiquillas lloraban, un pelado pateaba el piso. La dueña del bar escondía su estado de animo detrás de la barra. La tarde iba a ser una fiesta, la señal internacional de TVN iba a grabar a los chilenos celebrando como cuando le ganamos a España, la gente iba a secar las botellas del bar abrazando a sus compatriotas.

Al rato estábamos en un local donde venden pollo frito con mi amigo peruano (que lo pasó mal, como todos) y mi novia que repetía “nunca más voy a ver un partido de fútbol, ¿siempre se sufre tanto?”. La ventana era grande y veíamos toda la gente que caminaba hacia el sur por la Octava Avenida. De repente pasaba un grupo con la camiseta verde y amarillo de Brasil y nosotros como broma, en plan de consuelo, picados contra el mundo y sobretodo contra esos putos palos, con ganas de tomar un hacha y romper todo lo que fuera de madera, les hacíamos gestos con el dedo gordo de la mano derecha hacia abajo. Los brasileños son buena onda y no se daban por aludidos. Después de un rato dejamos de hacerlo.

De vuelta en la calle nadie estaba triste, nadie pensaba en fútbol y mucho menos en Chile. Hoy ya es lunes y México también perdió su oportunidad. Lo bueno es que la próxima semana toca Anita Tijoux gratis en el Central Park, la vida continua y el Alquimia sigue ahí para la próxima oportunidad deportiva. Perdamos o ganemos me gustan estos momentos, casi los únicos donde nos unimos todos los que nacimos en ese pedazo del mundo.

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