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Superclásico: una prueba a la consecuencia

Foto: Agencia Uno
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Habitualmente, el comentarista propone y el director técnico dispone. La semana pasada escribí que “a priori puedo asegurar que los albos saltarán a la cancha con un 4-4-2, buscando más posesión de balón en una zona donde la U presenta dificultades (ausencia de Gonzalo Espinoza, que el uruguayo Guzmán Pereira no logra compensar)”.

En rigor, Héctor Tapia mantuvo su diagrama 4-3-3 para ganar el Superclásico, pero por sobre este o aquel dibujo táctico, lo que mostró el estratego popular fue su fidelidad a un concepto futbolístico. Ahí estuvo el secreto de su éxito. Enfrentado a una situación límite –Colo Colo perdía el partido y decía adiós al título-, confió en un estilo que subordina la intensidad a la posesión. El mismo estilo que muchas veces es criticado porque involucra una transición predecible, sin gran velocidad, y que permite el anticipo y un reacomodo defensivo del rival, alcanzó frente a la “U” niveles de efectividad en el manejo del trámite y en la elaboración de jugadas que terminaron en goles.

Tapia jugó a lo que sabe, impelido, es cierto, por la necesidad de ganar los tres puntos. De paso, se vio favorecido por un árbitro que se equivocó olímpicamente en su estrategia para sacar el partido adelante: quiso “manejar” el duelo, en lugar de aplicar el reglamente como corresponde. Ya en el arranque, Jorge Osorio debió mostrar tarjeta amarilla a Osvaldo González por bajar a Felipe Flores. A partir de allí, los jugadores olieron que el juez había dejado el criterio en el vestuario. Por eso Cristián Vilches y Esteban Paredes completaron los 90 minutos, pese a las agresiones contra Patricio Rubio y Pepe Rojas (*), respectivamente; por eso, además, el propio capitán de los azules no fue expulsado antes de los ’58 (doble amarilla, tras una burda obstrucción también a Flores).

Ya que hablamos de errores, dejé para el final Martín Lasarte, quien, a diferencia de Tapia, traicionó su identidad futbolística, al menos, la que había exhibido en estos meses a cargo de la “U”. El uruguayo eligió mal su contingente (¿a qué juega Guzmán Pereira? ¿Por qué insiste con Ramón Fernández como enganche, dejando a Gustavo Lorenzetti en la suplencia?) y apostó por el empate como el objetivo prioritario. Si bien propuso los tres puntas habituales (Sebastián Ubilla, Gustavo Canales y Rubio), paró en campo propio, con tareas casi exclusivas de marca, a sus volantes centrales, dejando únicamente a Fernández detrás de los delanteros (cero trascendencia del argentino); intentó algunos cambios de frente sorpresivos, sobre todo de derecha a izquierda, los cuales se fueron diluyendo con el correr de los minutos, como también la importante proyección de Mathías Corujo, quien terminó más preocupado del duelo con Juan Delgado, que del desdoblamiento. Así, el equipo azul quedó partido por la mitad.

¿Qué pasó con la presión que establecía la “U” en partidos anteriores, esa presión para recuperar el balón y salir rápidamente a campo enemigo? Sencillamente, Lasarte la sacó del libreto. Peor aún, pues olvidó un elemento insoslayable dentro del repertorio del cualquier equipo grande: el protagonismo. Universidad de Chile dejó que su archirrival tomara el control del partido a partir del minuto 25, para terminar en la más completa ofuscación. El propio Johnny Herrera dijo al final (después, por supuesto, del tratar de “Chipamogli” a Felipe Flores): “El equipo no estuvo a la altura de las circunstancias…” Y tuvo toda la razón.

Cierro este post, con una reflexión hecha hace varios meses (específicamente el 19 de mayo, en una columna que escribí en el Diario La Segunda, titulada “El arte de Lasarte”) :

“¿Qué ocurrió con Lasarte en Católica? Acumuló tres segundos lugares, a nivel local, y una semifinal en la Sudamericana, aunque con un “agravante”: el equipo del uruguayo nunca tuvo respuestas (ni futbolísticas ni emocionales) en las instancias y en los partidos decisivos. Así perdió las finales ante la propia “U” (Copa Chile) y frente a O’Higgins (Torneo de Transición), sucesivamente. Contra Unión Española, lo hizo por diferencia de goles. (…) Resultó llamativo -y hasta enervante- su estilo pragmático, aun a costa de subordinar el protagonismo de su equipo: el efecto práctico del resultado, la utilidad en sí misma de un marcador, nubló muchas veces al estratego.

En esto, Lasarte jamás evolucionó, a pesar de que su “doctrina” lo llevó a ser catalogado como un ilustre “segundón” (por sus tres subcampeonatos al hilo), y forzó la renuncia seis meses antes del término de su contrato.

En atención a este boceto, ¿por qué la “U” eligió su nombre?”

Después del Superclásico del domingo, la pregunta adquiere una insospechada validez, incluso si el uruguayo logra acceder al título.

(*) Pepe Rojas puede mostrar deficiencias futbolísticas, pero es un jugador noble. Tras recibir el golpe de Paredes, se paró de inmediato y siguió jugando, sin caer en la simulación ¿Hubiesen hecho lo mismo Gonzalo Fierro, Pato Rubio o Felipe Flores, por citar algunos?

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