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La Torre Oscura: ¿Qué tal?

LG
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No sé si les suena el nombre, pero hay un escritor aparecido, joven promesa que podría llegar bastante lejos, llamado Stephen King. Es un compadre que ha escrito más libros que años tiene de vida, incluso si contamos su edad en años perro (Cujo), y que le han hecho película hasta el libro de contabilidad. Sí, aunque no lo crean, las historias de Carrie, El Resplandor, Sueños de Fuga, Cuenta Conmigo, La Zona Muerta, It, Cementerio de Animales, Misery, La Niebla y muchas otras más, se le ocurrieron todas al mismo tatita buena onda cara de nerd que le gustan los gatos, que vive en una mansión con gárgolas, y que va a conciertos a mover la chasca con los demás rockeros.

Y bueno pues La Torre Oscura es una de las adaptaciones que más se demoró en llegar a la pantalla, básicamente porque es una adaptación imposible. Ténganme paciencia con esta: La Torre Oscura son ocho libros que se tratan de un héroe (“el pistolero”), un villano (“el hombre de negro”), un montón de universos paralelos, muchos personajes que se entrecruzan incluso con otras novelas de Stephen King, y una historia que es más o menos el discurso que le da El Arquitecto a Neo en Matrix Reloaded.

En otras palabras, es una historia que no entiende ni Stephen King, y que probablemente quedaría mejor como serie de HBO de ocho temporadas y capítulos de larga duración, que como la película de poquitos personajes y hora y media de duración. Pero filo con lo que no fue. Vamos con lo que fue.

La película parte con un cabro chico teniendo pesadillas que son básicamente un tráiler de La Torre Oscura de Stephen King. Después despierta y dibuja los cómics de La Torre Oscura de Stephen King y, en vez de recibir felicitaciones o que le peguen los dibujos maestros en el refrigerador, la mamá lo manda al psiquiatra y hasta el psiquiatra lo basurea, y no le cree de los dibujos ni de las pesadillas.

Esto es justamente lo que pasa en las películas de Freddy Krueger, o también lo que pasa cuando yo les cuento a todos que soñé que mi primo Feto es realmente el Anticristo, y que por eso anda siempre con jockey para que no se le vea el 666 que tiene en la nuca (se lo dibujamos nosotros con mi primo Jano, pero en verdad solo unimos los puntos de sus lunares de carne asquerosos, estaba clarita la marca de la Bestia).

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La cosa es que el cabro chico un día decide seguir sus instintos y, de pronto, descubre portales dimensionales que lo llevan a un universo paralelo donde la tierra es como un peladero de cowboys, pero hay demonios, orcos y una red interdimensional de secuestradores de niños liderada por “El hombre de negro”, que está tratando de concentrar poder síquico infantil para destruir la torre oscura, y que así entren todos los demonios a todos los universos y adiós todo. Yo sé que suena complicado de entender, pero en la película está todo clarito. Más o menos.

Siéndoles muy honesto, la verdad es que al principio lo estaba pasando chancho. ¡Obvio! Era una mezcla de vaqueros pistolosos con El señor de los Anillos, y además con cabros chicos con poderes mentales marca registrada Stephen King (acá el poder es “the shine”, porque seguro no pudieron usar “the shining”, pero uno sabe que es lo mismo, aunque los subtítulos le ponían “el toque”), conspiraciones medio lovecraftianas que involucran seres malignos milenarios de otra dimensión, y un villano maestro que me recordó lo mucho que me gustaban los libros de Stephen King.

El hombre de negro: Imagínense un compadre que es el hechicero más poderoso que existe, capaz de parar el corazón de cualquiera, de leer mentes, de hacer absolutamente cualquier cosa que quiera, un loco con un sentido del humor medio retorcido, y que es completamente impredecible. Ahora imagínense a ese villano interpretado por Matthew McCougnahey en versión flacuchenta sudorosa True Detective, gozando cada segundo de su existencia, con esos poderes y esa maldad. Satanás, en otras palabras. Increíble. Y al malo agréguenle a Idris Elba haciendo de “el pistolero”, el último descendiente de una casta de protectores de la humanidad que resulta ser igual a un vaquero de película de las buenas. En un momento, en plena balacera, nos dicen que sus balas las hizo del metal de lo que nosotros conocemos que es “Excálibur”. Sí, cabros. Esta película se trata de un vaquero buscando derrotar a Satanás disparándole balas de Excálibur.

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Yo sé que muchos dejaron de leer porque partieron corriendo al cine a comprar su entrada, pero calma. Toda esta demencia que uno no puede creer y que es increíblemente divertida, se empieza a desinflar. Porque ninguna de las cosas que establecen importan mucho, y pareciera que de pronto los peliculastas dicen “ya filo, tenemos que terminar esta cuestión, vámonos pa la casa”, porque salen con cada cosa. Si me hubieran dicho que la primera mitad de esta cuestión era el primer capítulo de una serie, me matriculo al tiro con una temporada completa. Así como está es un guateo sin perdón de Dios. ¿Para qué contarnos de demonios que van a pasar a este universo, si después DA LO MISMO? ¿Y para qué establecer que el cabro chico es el psíquico más poderoso de todos los universos, si va a estar en una silla amarrado gritando debajo de un tubo fluorescente? Y saben qué, no me hagan hablar de ese clímax con balas vs. escombros, porque me voy a ahogar con mi rabia. Estos locos tenían la posibilidad de hacer el mejor villano de todos los tiempos, pero prefirieron transformarlo en coreografía Magneto. Chao.

Yo sé que a muchos la mezcla de cosas les parecerá una aberración, pero los que leímos esas novelas más dementes de Stephen King, podemos manejarlo. Lo imperdonable es que abandonen todo en un enfrentamiento genérico que es puro trámite, y donde lo que menos importa son los personajes. Y no soy experto en física, pero yo creo que una bala no puede alcanzar a otra bala que fue disparada de la misma pistola, por muy de Excálibur que sean las balas.

Bueno, perdón por la rabia, pero eso logran cuando hacen media película buena no más. El cásting estaba filete y el universo era novedoso, entretenido y ridículo. No merecía terminar tan mal.

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