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True Detective: Saliendo del laberinto

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Si la serie de televisión es realmente buena, se apodera fácilmente de la cabeza del espectador y se queda respirándole en el cuello aún después de los créditos finales. True Detective es una de esas series que sigue acechando.

Personalmente, he vivido un infierno similar al de los protagonistas, transitando el camino amarillo que Nic Pizzolatto me puso delante y el final de la historia lejos de traer la calma me ha dejado atrapada dentro de su laberinto. Escribo esta columna para encontrar el hilo que me sacará del encierro: el texto está plagado de reflexiones y detalles sobre la serie y su final, no lo leas si aún no has visto True Detective; recórrela si sigues atrapado.

True Detective es la serie que logró despertar otra vez en mí la angustia y obsesiones que hace años me convirtieron en una adicta a las series de televisión. Enganché desde el primer trailer y le puse fichas antes de siquiera saber la fecha de estreno. El primer capítulo fue definitivo: un policial situado en el deep south norteamericano y dos detectives, diametralmente opuestos entre sí, que investigan un asesinato con tintes rituales que augura la presencia de algo más grande. El caso no me pareció excesivamente interesante, hasta los cuernos en la mujer sacrificada me sonaban a algo que ya había visto en otra serie, pero había un sabor distinto en el aire, un sabor a “aluminio y cenizas”, una vuelta de tuerca en un género múltiples veces explotado que aún no lograba descifrar, pero que sabía estaba íntimamente ligada con la relación de la pareja de detectives.

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Rusty Cohle (Matthew McConaughey), un solitario con fraseos arrastrados y existencialistas, ex alcohólico, obsesivo y atormentado, en continuo cortocircuito, junto a Marty Hart (Woody Harrelson), un policía sureño vehemente e iracundo, con un dejo constante de superioridad moral que deja entrever una oculta frustración. La química entre ambos estallaba en cada conversación y la serie crecía a cada segundo mientras nos sumergía en dos tiempos narrativos: una entrevista en el presente a ambos protagonistas y los hechos que habían transcurrido en 1995.

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Hasta ese momento la serie era un viaje intenso a lo más profundo del abismo de la naturaleza humana junto a dos personajes a los que era imposible no amar con locura. El caso era una excusa que no atrapaba en exceso y mi atención se dejaba seducir más bien por la técnica fílmica elegante y contemplativa, actuaciones demoledoras, y una furibunda y siniestra ambientación visual atravesada por una banda sonora que aportaba todas las texturas correctas. A poco andar la investigación original se cerraba, y a la mitad de la serie ya teníamos un culpable. Sin embargo esto no acababa, y un atractivo giro se iniciaba de la mano de una mitología que se alejaba de cualquier policial convencional y abría ramificaciones más similares al universo Twin Peaks que al de The Wire o al de cualquier procedimental. Mientras mi obsesión aumentaba, los fanáticos y teorías tras esta mitología oscura recién descubierta se multiplicaban.

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The yellow king, Carcosa y las ramificaciones y posibilidades argumentales me tenían enganchada, persiguiendo atrapasueños colgados aquí y allá. Sin embargo, al cierre de su relato, True Detective optó por volver a sus inicios y abandonar los flancos que me hizo creer había abierto. La resolución de la serie volvió a centrarse en la captura del asesino y en la redención de los héroes que bajaron al abismo, con un final de una intensidad y tensión incómoda y angustiosa, insuperable (no por nada el season finale fue el segundo más visto de la historia de las series de HBO, solo detrás de esa joya que es Six Feet Under), pero que me dejó uno que otro sentimiento encontrado.

 

¿Los simbolismos de mitad de temporada eran o no guiños para despistar e incitar a televidentes adiestrados a encontrar referencias y relaciones ad infinitum? ¿True Detective insinuó que iba a ser algo más de lo que acabo siendo o todo estuvo siempre dentro de nuestras cabezas?

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Soy de las que siguen obsesionadas y aún le busca un cierre a la imagen de las muñecas de la hija de Hart escenificando algo demasiado parecido a lo vislumbrado en el lóbrego video encontrado por Cohle en casa de Tuttle. ¿Sabía ella algo sobre las violaciones y asesinatos rituales? ¿Estaba alguien de su familia involucrada? La historia terminó y no tuve respuesta, pero probablemente las interrogantes permanecen allí porque mi cabeza se entusiasmó en exceso con la serie que vislumbró en la mitad del relato y no quiso asumir que en los últimos tres capítulos el relato volvía a sus orígenes y al más clásico de los relatos policiales.

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Nic Pizzolatto no hizo trampa ni engañó. Su guión cerró todo lo que siempre aspiró a contar: una novela negra por entregas en que los personajes centrales, los investigadores, desafían la oscuridad y logran finalmente salvarse entre sí. Atrapar al criminal nunca fue lo primordial, después de todo sabemos ahora que algunos de los culpables escaparon indemnes; tampoco el rey amarillo o Carcosa más allá de ser los vehículos para ambientar y transmitir el espanto. Finalmente, lo importante fue siempre el relato del descenso a los infiernos y el horror que se desprende de una historia sobre la oscuridad de la naturaleza humana, un descenso que va logrando que todo el que tenga la desgracia de enfrentarse a él pierdan la cordura. Incluso los televidentes.

Quizás no es el final que deseé durante el viaje. Quizás el trago más amargo fue, sin duda, tener que despedirme del otrora nihilista y ateo Rusty Cohle, con esa frase cargada de fe en que dice que, ahora que ha estado de visita en los señoríos de la muerte, se ha dado cuenta de que sí hay vida más allá y que su hija y su padre lo esperan allí. Pero nobleza obliga a reconocer, sin embargo, que, me guste o no, ese epílogo es el final perfecto para la historia que Pizzolatto quiso contar. Rusty y Marty descendieron al abismo y regresaron transformados. Ellos eran los únicos que la serie quería y tenía que salvar desde un principio

Bien jugado Pizzolatto. Ahora dime, ¿cuánto tengo que esperar para que me des dos nuevos personajes por los que vivir?

10

(Nic Pizzolatto se reservó este cameo en el cuarto episodio de la serie y el mensaje era claro, “Bésame soy un imbécil”…no lo eres Nic)

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