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¡Volvieron los robots gigantes! Crítica maestra de Mazinger Z: Infinity, por Hermes A: Finity

LG
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Las películas de abuelitos siempre son increíbles, no digan que no. Aunque en la vida real los abuelitos puro se quejan, encuentran toda la música charcha y se enojan y se ponen rojos y no pueden respirar cuando les cambias los remedios por skittles; en las películas siempre son maestros, y son sabios, y uno los encuentra entretenidos.

Películas como Gran Torino, por ejemplo, donde uno puro le hace barra al tatita para que se haga amigo del chinito. O también Up, donde uno puro le hace barra al tatita para que se haga amigo del chinito. O esas películas de abuelitos que roban bancos y se creen jóvenes. Bueno pues, esta semana se estrena otra película de abuelitos, pero esta vez son robots gigantes que pelean contra otros robots gigantes, y matan cien millones de personas durante sus batallas, etc. Muy divertido.

Monitos robots japoneses viejos

La película se llama Mazinger Z: Infinity y está basada en unos monitos japoneses tan pero tan viejos, que cuando la daban en la tele todavía no se inventaba la tele, así que solo aparecían unas imágenes flotando en las casas de los samuráis, y todos arrancaban y se hacían hara-kiri de miedo. Ahora, doscientos años después, hicieron esta película y le pusieron Infinity para puro robarle pantalla a Avengers Infinity Wars. Y es que “más sabe el diablo por viejo que por diablo”, como decía mi tata cerrando un ojo, a punto de zamparse un skittles.

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Bueno el concepto de la serie era bien simple la verdad. Hay un robot, ¿ya? (Mazinger Zeta Jones), es gigante, muy colorinche y brillosito, y es también literalmente el robot con más armas dentro de su cuerpo de toda la historia de la robótica (fuente: Stephen Hawking). Pero este robot no se mandaba solo, porque tenía un Rick Hunter que lo piloteaba, y como todo Rick Hunter, era bueno para mirar para abajo, tenía cabeza de explosión y le gusta una monita japonesa con faldita. La serie se ponía realmente buena en todos los capítulos, cuando aparecían los robots malos a destruir la ciudad. Ahí partía Rick Hunter con Mazinger Zeta Jones a pelear con los robots malos, y destruir la ciudad de todas formas. A última hora el robot bueno Mazinger Zeta Jones conseguía sacar un arma secreta y/o mandarse una maniobra maletera no pensada hasta el momento y BANG, una explosión que terminaba de destruir la ciudad.

Qué onda Japón, para qué tan violent. Al final el Rick Huter iba donde la monita japonesa y le daba la mano y salían destellos, THE END. También había unos personajes chistosos que siempre se andaban cayendo y/o tenían una gota mágica de moco en la nariz, que piloteaban un robot muy charcha, y eran el equilibrio perfecto para la seriedad de Rick Hunter y la ausencia de personalidad de Mazinger Zeta Jones. Ah, porque aunque le dije robot, este compadre no habla ni piensa, en verdad es como un avión, o un auto, o un monociclo.

Una cápsula temporal

Y bueno cabros qué quieren que les diga. Todo eso que les acabo de describir es exactamente lo que vi en la pantalla grande viendo Mazinger Z: Infinity. En un mundo donde absolutamente todas las secuelas, remakes y reboots están tratando de actualizarse, de hacer algo nuevo, este robot tatita llega y nos pisotea todo Tokio haciendo una película que es prácticamente una cápsula temporal, algo que no está ni ahí en cambiar por nadie. En resumen, un viejo porfiado.

No les voy a negar cabros que lo pasé increíble viendo esta película. Y saben qué, no es nostalgia. Esto no es recordar lo que te hizo feliz y llorar porque ay Stranger Things. Esto es agarrar una pistola temporal, hacer un vórtex en el universo, y mostrarte un robot que llegó a la pantalla a pelear hace cuarenta y cinco años. Es tan simple que pareciera que el guión lo escribió un niño jugando con sus robotitos en el patio de la casa. Con una “ciencia-ficción” escrita por Arthur C. Clarke, pero cuando tenía seis años.

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Hay escenas en que personajes se ponen rojos y aparecen corazones en el aire porque aparecieron unas comadres voluptuosas bailando y mostrando curvas, lo juro por Dios. Hay unos dramones que no se pueden creer, también la cebolla picada directamente en el globo ocular, hubo un momento en que me enderecé en el asiento por lo que acababa de ver. Pero después dio lo mismo porque empezaron los chistes para niñitos (hombres, específicamente) y a eso le siguieron las peleas alucinantes. Y saben qué, este compromiso con el formato hay que aplaudirlo, cabros. Esta película se hizo hace un año, pero es una cápsula temporal.

Por eso mismo, me temo que es una película que aguanta cualquier crítica que le hagamos, con un escudo brillante impenetrable que se saca de la espalda. ¿Es ridícula? Sí. ¿Es infantil? Oh sí. ¿Es absolutamente demente en su imaginación y visualidad? SÍ. ¿Y la película quiere ser todas esas cosas? Yo creo que luchó para ser todas esas cosas. Así que no me queda más que aplaudirla y recomendársela a todos los que quieran espiar al pasado, y ver cómo esos dementes genios japoneses entretenían a sus niños.

Y a todos los que nos topamos con esos monos alguna vez. Bien ahí, tatita.

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